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La insurrección de una científica tenaz

Lab of One’s Own. One Woman’s Personal Journey Through Sexism in Science

Rita Colwell y Sharon Bertsch McGrayne

Simon & Schuster

Nueva York (2020)

288 p.

  • Mercè Piqueras

  • Redactora científica i traductora

 

El mes de mayo de 1956, recién graduada en bacteriología en la Universidad Purdue, Rita Rossi (ese era su apellido de nacimiento) estaba a punto de casarse con Jack Colwell, que iba a realizar un máster de química en la misma universidad. A ella le habían aceptado sendas solicitudes a tres universidades para estudiar medicina, pero decidió estudiar un año más de bacteriología, ahora como postgraduada, en Purdue mientras él cursaba el máster. En un encuentro fortuito con su profesor Henry Koffler, catedrático de bacteriología de aquella universidad, le contó sus planes. Cuando Koffler falleció, en 2018, necrológicas elogiosas mencionaron su interés por rodearse de personas con altas capacidades y por potenciar su talento. Quizás fuera así, siempre que no se tratase de mujeres, porque a Rita Rossi, estudiante destacada, con notas excelentes, le dijo que allí no malgastaban becas en mujeres. Pero, como dice un antiguo refrán, «donde una puerta se cierra, otra se abre». Y a ella se le abrió la puerta del laboratorio del genetista Alan Burdick. Allí trabajó como ayudante de investigación y realizó un máster en una disciplina que, aunque no era su primera elección, le proporcionó la base para estudios futuros de genética molecular bacteriana.

 

Rita Rossi ya había oído antes que la ciencia no es cosa de mujeres. En el instituto, su profesor de química le negó una carta de recomendación para su ingreso en la universidad. Quizás por eso se matriculó en un curso de química en la Universidad Purdue. Pero cuando descubrió el fascinante mundo de los microorganismos, inmediatamente pensó que era a lo que quería dedicarse.

 

En la Universidad de Washington (en Seattle) realizó su doctorado en microbiología marina, un campo entonces emergente, centrándose en el estudio de las bacterias asociadas a los animales marinos. En su investigación reunió tantos datos, que era muy difícil analizarlos de manera manual. Aprendió a programar un ordenador IBM 650 y se dio cuenta de la importancia de las matemáticas en cualquier disciplina científica.

 

Hoy en día, Rita Colwell, como investigadora, es especialmente reconocida por sus descubrimientos sobre el ciclo biológico de Vibrio cholerae y por el estudio de las enfermedades infecciosas transmitidas por el agua y su impacto en la salud global. Ese trabajo ha sido en parte el origen de A Lab of One’s Own. Cuando llevaba un tiempo con la idea de contar en un libro todo lo que se conocía sobre V. cholerae, Sharon Bertsch McGrayne, periodista y escritora, autora de varios libros sobre descubrimientos científicos y las personas que los lograron, le comunicó que deseaba escribir un libro sobre sobre su investigación en el cólera. Lo que ambas, de manera independiente, habían pensado narrar terminó siendo un proyecto mucho más ambicioso que recorre la historia de mujeres científicas durante la segunda mitad del siglo XX y la trayectoria científica de Rita Colwell desde sus tiempos de estudiante hasta su madurez, describiendo sus dos carreras, que durante un tiempo corrieron paralelas: como investigadora y como gestora en la administración de la ciencia y colaboración con el Gobierno de los Estados Unidos.

 

Colwell es la primera mujer y la primera persona del ámbito de la microbiología que ha dirigido —de 1998 a 2004— la Fundación Nacional de Ciencia de los Estados Unidos (National Science Foundation, NSF), entidad que subvenciona la mitad de la investigación no médica de aquel país. Al dejar la NSF exploró también el sector privado de la investigación. Comprobó que el mundo académico y el de los negocios son muy diferentes, especialmente en cuanto a ética y objetivos. En la universidad, el valor de una persona viene dado por su intelecto, mientras que en la empresa lo que cuenta es el beneficio económico que le genera. Descubrió que el mundo de los negocios puede ser aun más misógino que las universidades o instituciones públicas, pero encontró empresas dispuestas a subvencionar a mujeres emprendedoras. Un argumento de Colwell sobre la necesidad de contar con mujeres en el mundo de la ciencia, es que los mejores candidatos tomados del 100 por cien de la población serán mejores que los mejores candidatos tomados de tan solo el 50 por ciento de la población. 

 

A lo largo de su dilatada carrera professional, Rita Colwell ha sido testigo de grandes cambios en la microbiología y en la comunidad científica en general. Hoy en día seguramente ningún profesor se atrevería a afirmar que no malgasta becas en mujeres, pero estudios diversos sobre el papel de la mujer en ciencia revelan que, a pesar de los avances, estamos aun lejos de la igualdad. Los dos últimos capítulos del libro se centran en la situación actual de las mujeres y otros colectivos que tradicionalmente han sufrido agravios en el mundo de la ciencia, como las personas LGTB, y en una serie de reflexiones sobre los pasos que deberían darse para reformar la ciencia en los Estados Unidos. Las autoras terminan el libro con unas frases esperanzadoras: «Queda mucho por hacer, pero también mucho que podemos hacer. Si nos unimos y trabajamos conjuntamente, el futuro es ilimitado.»


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