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Adiós a Dionisio Martín Zanca (1952-2021)

  • Elena Vecino

  • Catedrática de Biología Celular Universidad del País Vasco

El pasado día 5 de septiembre nos dejó mi querido maestro y amigo Dionisio Martín Zanca. Me gustaría compartir con aquellos investigadores que no lo llegaron a conocer quién era Dionisio. En él confluían cualidades excepcionales que suelen ser muy raras entre los científicos, las de compartir su tiempo y su sabiduría sin ningún tipo de filtro. En la sociedad competitiva en la que vivimos el tiempo es oro y solamente personas como Dionisio lo compartía sin mesura. Recuerdo las colas, sí colas, a la puerta de su pequeño despacho en la Universidad de Salamanca para plantearle todo tipo de consultas relacionadas con técnicas, metodologías, bibliográficas, contactos etc. Dionisio era una fuente inagotable de conocimiento que compartía con todo aquel que se acercara a su despacho. No he conocido a ningún científico, y conozco cientos, que fuera tan generoso. Era además muy humilde, así que quien no conociera la relevancia de su trabajo, nunca lo adivinaría por su comportamiento. Cuando explico a mis alumnos que Rita Levi-Montalcini recibió el premio Nobel por el descubrimiento del NGF me enorgullece añadir, que, durante muchos años, no se sabía cuál era su receptor hasta que el investigador Dionisio Martín-Zanca descubrió que su receptor era TrkA.

 

Conocí a Dionisio a mi regreso a Salamanca tras mi estancia post-doctoral y cuando aún era una inexperta Profesora Ayudante y me había enterado de que estaba en Salamanca a través del Prof. Constantino Sotelo, quien, en una entrevista en París, me dijo que, si estaba interesada en las neurotrofinas, debería contactar con él a mi regreso a la Universidad de Salamanca. Agradezco profundamente aquella recomendación, porque en cuanto acudí al despacho de Dionisio, me acogió como colaboradora al instante. 

 

 

Nos unían, además del interés por las Neurotrofinas, nuestros orígenes zamoranos. De la colaboración durante 5 años publicamos varios artículos y en el proceso de colaboración aprendí lo exhaustivo y meticuloso que era con la investigación, a veces agotador, pero no hay nada como aprender lo que es la perfección. De Dionisio aprendí también lo importante que era conocer la ciencia que hacen los que tenemos alrededor; de los seminarios que él organizaba los viernes antes de comer, primero con investigadores de los distintos laboratorios y disciplinas de la Universidad de Salamanca y después de fuera, aprendí la importancia de la interdisciplinaridad.

 

A pesar de la distancia continuamos nuestra amistad y me encantaba que aceptara impartir alguna clase metodológica a mis alumnos del grado en Bioquímica. Su profundo conocimiento era tan apreciado por los estudiantes que en una ocasión una alumna escribió al final de su hoja de examen que quería dar las gracias a Dionisio porque le había inspirado para dedicarse a la investigación. Ser inspirador es una virtud solo al alcance de los buenos maestros. Y Dionisio lo era. Me gusta pensar que, aunque nos ha dejado, siempre perdurará entre nosotros a través de sus descubrimientos en relación con TrkA, p75 o p53, que algunos tratamientos como la cura del cáncer o de ciertas enfermedades neurodegenerativas tendrán algo de la semilla que él sembró, aunque su espíritu libre siempre lo mantuviera alejado de organismos, nombramientos y esquemas burocráticos que tal vez lo hubieran alejado de su auténtica conexión con su verdadera vocación: LA CIENCIA. Se nos ha ido una buena persona sabia, pero seguirá en nuestra memoria.


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