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La estigmatización educativa del fracaso

  • Antonio Vicente Ferrer Montiel

  • Editor de SEBBM

Es más que evidente que a todos nos gusta transitar de éxito en éxito sin oír hablar de la palabra fracaso. Somos conocedores de que en la naturaleza impera la ley del más fuerte, sea por fuerza, inteligencia, astucia o preparación. Del mismo modo, la sociedad admira a las personas de éxito, bien por sus logros económicos, profesionales, políticos o sociales. Se nos prepara para tener éxito. Hasta aquí poco que objetar. Todos apreciamos la recompensa que supone alcanzar un logro personal o profesional, y cuando llega, lo festejamos. Y también se nos prepara para temer al fracaso. Sin duda, todos tenemos miedo a fracasar en el intento de lograr un objetivo, tanto por la decepción de no haber alcanzado la meta que nos propusimos, como por lo que pensará la gente que nos rodea y la sociedad en general….el tópico: ¡mira ese fracasado!. Es tal el miedo a fracasar que descartamos ideas, planes, proyectos y actividades altamente viables y que nos pueden llevar al éxito, solo porque hay una probabilidad de que salga mal. La existencia de una mínima posibilidad de fracasar perturba sustancialmente nuestra capacidad para valorar la viabilidad de un proyecto, ¡Qué pensarán si fracaso!

 

Curiosamente, el fracaso es percibido de forma diferente por sociedades distintas. Lo expresado anteriormente es la percepción amplia (si no mayoritaria) que tenemos del fracaso en España. Sin embargo, otras sociedades europeas, la sociedad estadounidense y otras, ven el fracaso como una consecuencia normal de emprender proyectos y lo valoran como elemento esencial para alcanzar el éxito. Así lo expresaba Sir Winston Curchill, primer ministro británico durante la segunda guerra mundial, indicando que “el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Entonces, ¿Quién tiene razón? ¿es el fracaso tan malo o tiene un valor que en España nos cuesta ver? Personalmente, creo que ni es ángel, ni demonio. Nos guste o no, fracasar está en la esencia de cualquier proyecto o iniciativa que se pretenda alcanzar. Algunos ejemplos: (i) la naturaleza ha evolucionado en gran parte gracias a fracasos que han ido conduciendo a crear la vida a partir de elementos básicos, estableciendo lo que funciona y lo que no; (ii) del mismo modo, la evolución de los virus es también consecuencia de multitud de mutaciones en las que una gran mayoría no logra la meta, sino que incluso pueden llevar a la desaparición; (iii) los bebés no suelen aprender a andar sin caerse unas cuantas veces (una forma más de fracaso y de aprendizaje del mismo); y, (iv) a los científicos difícilmente nos aceptan todos los manuscritos a la primera o nos conceden todos los proyectos, otra forma de fiasco, pero que no impide que volvamos a intentarlo. 

 

Estos ejemplos ilustran que el fracaso es una herramienta esencial para alcanzar metas y progresar. Por doloroso que sea fracasar es una forma necesaria para aprender, una estrategia de formación y, por tanto, la gestión del fracaso debiera ser una competencia formativa básica en la educación de las generaciones futuras, al menos, como habilidad blanda (softskill). Evitar y/o retrasar la formación en esta materia expone a nuestros jóvenes a sufrir frustración y desesperación con el primer desengaño y a descartar acometer más proyectos profesionales por el pánico a fracasar y el estigma que supone. 

 

Viendo el valor formativo y educativo que otras sociedades y culturas de nuestro entorno dan al fracaso, ¿Por qué en España nos empeñamos en estigmatizarlo desde bien temprana edad? Y me refiero al temido “fracaso escolar y universitario” que parece hay evitar a toda costa por el bien formativo de nuestros niños y jóvenes. En ambos casos, se nos intenta convencer de la penuria psicológica que supone fallar una evaluación o tener que repetir un curso, pero ¿no es peor adquirir una formación mediocre que dificulte nuestro desarrollo humano y personal? ¿no sería mejor capacitar a los estudiantes en la gestión del fracaso para que puedan superar la asignatura o el curso en el siguiente intento? Si usamos como ejemplo el examen de la EBAU, vemos que es una prueba que superan más del 98% de los estudiantes que se presentan. En términos de éxito es, sin duda, un exitazo… el 98% de los estudiantes presentados están capacitados para realizar estudios universitarios. Sin embargo, y creo que muchos profesores de universidad coincidirán, la realidad en nuestras aulas es que el nivel académico de los estudiantes es inferior al deseable, con carencias que afectan el logro de los objetivos, competencias y capacidades planteadas en las asignaturas, cursos y grados. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Seguramente hay varios factores, pero uno que quisiera resaltar y que considero importante ha sido la continua modificación de las leyes orgánicas de educación (desde 1980 hemos tenido ocho: LOECE, LODE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE y LOMLOE), elaboradas por el equipo de gobierno de turno, pero sin consensuar adecuadamente con todos los actores implicados. Si en editoriales anteriores clamaba por la necesidad de un gran pacto de estado para la ciencia, aquí incido en la necesidad y urgencia de un gran pacto de estado para la educación. La formación de nuestros jovenes no puede permitirse estar a merced del color político del gobierno o de la visión de un gobernante, necesita estabilidad e incorporar todas las necesidades formativas, incluida la gestión del fracaso para un desarrollo profesional, cultural y humano completo de las futuras generaciones que permita reforzar y consolidar el bienestar de nuestra sociedad… fracasar no es tan malo como parece, es una manera de aprender y progresar… no busquemos fracasar, pero tampoco lo estigmaticemos…

 

 

 

 

 


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