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Santiago Grisolía, inmarcesible referente de la creatividad y ética científica

“Vivir no es solo existir, sino existir y crear…” (Gregorio Marañón, 1958)

  • Federico Mayor

  • 26 de agosto 2022

Con estos versos concluía el profesor Santiago Grisolía su escrito en homenaje a D. Gregorio Marañón en marzo de 1995, a los 25 años de su muerte. Ambos contribuyeron a esclarecer múltiples dimensiones de la biomedicina. Destaca el momento (1985) en que el Ministro de Sanidad y Consumo Ernest Lluch —¡qué personajes, qué mensajes conjuntos que nunca deberían olvidarse!— impuso en Valencia la medalla de la Orden Civil de Sanidad a Grisolía, director a la sazón del Instituto de Investigaciones Citológicas de la Caja de Ahorros de Valencia. Grisolía elogió, y no era fácil “dispensador”, “la gran labor que está realizando el Ministro de Salud en la puesta en marcha del Fondo de Investigaciones Sanitarias”.

 

 

Licenciado en Medicina por la Universidad de Valencia en 1944, el profesor Grisolía representó después, por su notoriedad en la bioquímica y biología molecular norteamericana, un auténtico "puente" entre las comunidades científicas norteamericana (Kansas, Michigan, Wisconsin) y española.

 

En julio de 1961 asistió al I Congreso Nacional de Bioquímica, que se convirtió en la “reunión fundacional “de la SEB, junto al maestro Severo Ochoa, Alberto Sols, Juan Oro, Julio Rodríguez Villanueva, don Ángel Santos Ruiz… y en el que tuvieron lugar intervenciones de especialistas de gran renombre como don Carlos Jiménez Díaz. En 1964 se aprobaron los Estatutos de la Sociedad Española de Bioquímica y Alberto Sols fue nombrado su primer presidente.

 

El Simposio sobre Regulación Enzimática, que se celebró en el marco del III Congreso de Biología Celular (1965), fue presidido por Santiago Grisolía. En 1975 tuvo lugar en Valencia una reunión científica de gran nivel sobre el ciclo de la urea, con el profesor Hans Krebs como gran protagonista. En la fotografía adjunta, que figura en el libro The Urea Cycle (Wiley 1976, coeditado conmigo y con Rafael Báguena) puede apreciarse la capacidad de convocatoria que siempre le distinguió.

 

Fue presidente del Comité de Expertos de la Exposición Universal de Sevilla en 1992 y, un año más tarde, El País titulaba así —lo que imprime un gran relieve a la situación actual, 30 años después— una noticia facilitada por el importante grupo de científicos de todo el mundo reunidos en Cuenca bajo el tema ¿Cuánto es bastante? alternativas a la realidad competitiva: El desastre ecológico y el fundamentalismo son las facturas de occidente. En esta reunión, Santiago Grisolía, presidente del Comité de Coordinación de la Unesco para el proyecto Genoma Humano, destacó “el gran reto de la pobreza, puesto que el 20% de la humanidad consume el 80% de lo que produce”. En el excelente artículo que publican, en esta misma edición de la revista SEBBM, el doctor Vicente Rubio y su mujer, la doctora Consuelo Guerri, se atribuye al doctor Santiago Grisolía —poniendo de manifiesto la larga e intensa relación de los autores con don Santiago— la denominación de “Abogado de la promoción social de la ciencia”. Son múltiples las definiciones que pueden utilizarse para rendir homenaje a tan excepcional figura humana y científica, pero no cabe duda de que la inmensa capacidad por la promoción de la ciencia en todas las escalas y ámbitos es la más adecuada. La iniciativa de los Premios Rei Jaume I es buena prueba de ello.

 

Otra faceta de su trayectoria humana y científica la constituye el Llamamiento internacional de Valencia al cumplirse el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con la excelente colaboración del profesor José Vidal Beneyto. Las mejoras propuestas en la revisión del texto de 1948 solo tenían el precedente de los Pactos de 1966.

 

Desde su creación, presidió el Consejo Valenciano de Cultura y, en 1978, inició su labor directiva en el Instituto de Investigaciones Científicas de la Caja de Ahorros donde abordó diversos aspectos de la fisiopatología. 

 

En 1988, siendo director general de la Unesco, le ofrecí la presidencia del Comité de Coordinación Científica del gran proyecto sobre el genoma humano, al que ya me he referido. Dos años antes había mantenido a este respecto contactos con la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados y presenté el trabajo Inviolabilidad del genoma, derecho fundamental. Con la colaboración de especialistas de renombre se logró pronto —debo destacar a este respecto la contribución de la gran jurista Noëlle Lenoir— una declaración sobre el genoma humano, que debe seguir siendo referencia ética para los trabajos en este gran espacio del saber. “La comunidad científica tiene la responsabilidad de informar a la sociedad, y en particular a quienes deben adoptar decisiones sobre dilemas que requieren profundos conocimientos y una ciudadanía progresivamente más consciente y preparada”, declaró el profesor Grisolía.

 

Para concluir, deseo añadir que, al cumplir los 60 años, en 1994, mis amigos y compañeros me ofrecieron un Amicorum Liber. Santiago Grisolía fue de los primeros en enviar unas páginas de gran afecto donde ponía de relieve nuestros encuentros iniciales en Madrid 1961 y 1964… Valencia… Paris 1988… Es para mí muy emotivo decirles ahora que la herencia humana y científica que nos deja Santiago Grisolía es inconmensurable.

 

Santiago Grisolía ha muerto, pero seguirá presente. Su inmenso legado para el fomento de la creatividad —esta desmesura humana, este misterio— seguirá inspirando a muchas generaciones. 


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